mercredi 12 février 2014

César Vallejo et Georgette, la femme du portrait, par Jesús Fernández Palacios

GEORGETTE, LA MUJER DEL RETRATO
Jesús Fernández Palacios

En un escrito mío1 sobre César Vallejo me entretuve en describir la imagen del poeta apoyado en su bastón, según aparece en la famosísima fotografía de Juan Domingo Córdoba, fechada en 1929. Lo único que hice entonces fue una descripción parcial del retrato: Vallejo de medio cuerpo para arriba, justamente la que daba la ampliación realizada por el Instituto Nacional de Cultura peruano hace ya unos cuantos años. Así pues, no pude detallar la posición de sus piernas entreabiertas, ni dije que calzaba zapatos con cordones, ni siquiera que su rodilla izquierda parece ladeada a propósito para encontrarse con las rodillas de Georgette, que ocupa un importante espacio lateral en la foto cuando se ve completa. Esa foto que ella misma elogió como tesoro años más tarde en sus Apuntes2. Vallejo está en el centro y Georgette en su convergencia acompañándolo, sosteniéndole, solícita, su sombrero gris con cinta negra, ya que ella luce el suyo elegantemente encasquetado, para darse, en consonancia con sus ropas, distinción y – por qué no – sombra, como corresponde a la mañana de un domingo soleado de verano en los jardines de Versalles.
De esa mujer, la mujer del retrato que tantas veces han intentado evitarla, quiero ocuparme en esta buena ocasión con un sencillo y breve texto sobre ella y a ella dedicado. No sólo por mi curiosidad o por sus merecimientos, sino también porque me parece conveniente y justo reivindicar la figura de Georgette que, como todo el mundo debe saber, fue una mujer decisiva y benéfica en la vida y tras la muerte de César Vallejo. Y además porque recordar a Georgette es también recordar al gran poeta, que tanto lo merece en todo tiempo y lugar, que tanta huella entrañable nos ha dejado a sus contemporáneos.
Georgette Maríe Philippart había nacido en París el día 7 de enero de 1908. Hija de Alexandre Philippart, de profesión dibujante, y de Marie Travers, modelista de vestidos.  De su padre nada puedo añadir, ni siquiera si abandonó a la familia o cuando murió. El caso es que en los testimonios escritos de Georgette, cuando habla de su familia nunca dice nada de su padre, ni en sus versos ni en sus prosas, al contrario de lo que ocurre con su madre, que además de nombrarla y defenderla le dedica varios poemas donde refleja una nostalgia filial harto elocuente: “Oh madre/ muerta hace tanto tiempo/ tu hija está triste oh madre/ y como tú madre/ muerta se quisiera”. O cuando le llama: “ma petite Maríe”, o le implora: “quiero volver a verte con los ojos abiertos/ quiero volver a ver tus ojos dormidos”. Sabemos que Maríe Travers murió el 12 de noviembre de 1928 y que fue enterrada en el cementerio de Montrouge, en la misma tumba donde fue a parar el cuerpo sin vida de Vallejo diez años después, y en la que fueron vecinos muertos durante 32 años, hasta que el 3 de abril de 1970 los restos del gran poeta fueron trasladados por su viuda al cementerio de Montparnase, donde todavía reposan. Larga e irónica convivencia en la muerte entre suegra y yerno, que apenas se conocieron en vida, que tal vez nunca se hubieran tolerado y que, incluso, ella no llegó a aprobar las incipientes relaciones de su joven hija con aquel sudamericano extraño del hotel de enfrente  que vivía con otra mujer, en aquella fecha con Henriette Maise. Así ocurrió, pues Vallejo con su pareja se habían trasladado al Hotel Richelieu, rue Moliére, en la primavera de 1926, ocupando una habitación en la cuarta planta que quedaba justamente enfrente del departamento donde vivían Georgette y su madre al otro lado de la calle. La madre ya anciana y la hija una atractiva joven de cabellos castaños y hermosos ojos verdes, recién cumplidos los 18 años; Vallejo tenía 34. La edad de Henriette se ignora, aunque sí se sabe que le pasaba varios años a Georgette. En estas circunstancias Vallejo comienza a interesarse por su vecina de ventana a ventana. “Nos conocimos de una manera muy curiosa –dirá Georgette–, un poco ridícula si Ud. quiere. Usted sabe que los sudamericanos hacen muchos gestos al hablar. Y yo veía en la casa de enfrente, contra la luz tamizada de una pantalla roja de muy mal gusto, a unas personas discutiendo, gesticulando. Era invierno y las ventanas estaban cerradas, y yo, conmovida, le dije a mi madre: –Pobres, los vecinos de enfrente son sordomudos. Llegó la primavera, un domingo yo estaba asomada a la ventana y los vi gesticular como siempre pero también oí su voz. – ¡Mamá: el vecino de enfrente habla! Así de esta manera empezaron las cosas. Por eso puse atención en él”3
Así empezaron las cosas…, y tras la muerte de la madre de Georgette, apenas un mes después Vallejo atraviesa la calle y se muda al domicilio de ella para vivir juntos hasta que la muerte los separa en abril de 1938. La convivencia no fue nada fácil por las incompatibilidades de la pareja, sus distintos caracteres, sus ideologías tan distintas (“Yo era completamente anticomunista”, reconoció Georgette en sus Apuntes), los cambios de domicilio, la falta de descendencia, las dificultades económicas tras dilapidar la herencia que había recibido Georgette al morir su madre, etc.… Viajaron mucho: España, la URSS, Alemania, Checoslovaquia, Austria, Hungría, Italia y la Costa Azul…, y no hace falta preguntar ni responder de dónde salieron los dineros. Vallejo murió y Georgette quedó viuda para siempre. A partir de entonces intervino como era lógico, y con más o menos fortuna, en la edición y divulgación de la obra de su esposo, lo que provocó no pocos enfrentamientos con editores y estudiosos vallejianos. También con la familia del poeta, sobre todo a partir de 1951 que fue cuando se trasladó a vivir al Perú. Como contó el periodista Jorge Donayre: “Una templada mañana de mayo de 1951 bajó por la escalera del vapor “Reina del Pacífico” una menuda dama de boina, falda morada y blusa verde con una maleta de viaje y varios libros (…). Georgette habló poco, pero todo lo que dijo entonces lo hizo con especial dulzura, ni asomo alguno de pesimismo”4
A partir de entonces vivió en Lima hasta su muerte el 5 de diciembre de 1984, a la edad de 76 años. Fueron 33 años de complicada convivencia peruana que originó algunos enfrentamientos y polémicas, no siempre por culpa de los demás ya que resulta justo reconocer que Georgette también tenía su carácter, a veces difícil, y  fue plenamente responsable de algunos procederes exagerados y difíciles de entender. Pero esto, en fin, no me impide proclamar que la figura de Georgette debe ser reivindicada definitivamente porque, a pesar de ciertas reservas y prejuicios, fue una mujer fundamentalmente benéfica en la vida y en la muerte del gran César Vallejo. Parece paradoja del destino que ella, la francesa, esté enterrada en Lima y él, peruano, descanse en París. Siempre seguirán siendo extranjeros en la tierra que los acogió para siempre. Y tal vez sus espíritus, si alguna vez coincidieran, se hagan la misma pregunta que Nietzsche le hizo a Lou Andrea Salomé cuando se conocieron: “¿De qué estrella hemos caído para encontrarnos?”. 
Digo, es un decir.


 Georgette, la femme du portrait

de Jesús Fernández Palacios, 
traduit de l'espagnol par Jeanne Marie 

Dans un de mes écrits1 sur César Vallejo, je me suis amusé à décrire l’image du poète appuyé sur sa canne, comme il apparaît dans la très célèbre photographie de Juan Domingo Córdoba, datée de 1929. La seule chose que je fis alors fut une description partielle du portrait : Vallejo jusqu’à la taille, justement celle que donnait, il y a quelques années, l’agrandissement fait par l’Institut National de la Culture du Pérou. Ainsi donc, je ne pus détailler la position de ses jambes entr’ouvertes, ni dire qu’il portait des chaussures à lacets, ni même que son genou gauche semblait placé, volontairement, de manière à rencontrer les genoux de Georgette, qui occupait un grand espace sur le côté de la photo lorsqu’on la voit en entier. Cette photo, qu’elle-même qualifiait de trésor quelques année plus tard dans ses Notes2. Vallejo est au centre et dans sa convergence, Georgette l’accompagnant, le soutenant, pleine d’attentions tient son chapeau gris au ruban noir, et  arbore le sien élégamment pour être en harmonie avec leurs vêtements, distinction –et pourquoi pas- ombre, comme il appartient au matin d’un dimanche d’été ensoleillé dans les jardins de Versailles.
De cette femme, la femme du portrait que tant de fois on a essayé d’éviter, je veux m’occuper pour cette belle occasion avec un texte simple et bref sur elle et à elle dédié. Pas seulement pour ma curiosité ou pour ses mérites, mais aussi parce qu’il me semble opportun et juste de revendiquer la figure de Georgette qui, comme tout le monde doit le savoir, fut une femme décisive et bénéfique dans la vie et après la mort de César Vallejo. Et en outre, parce que se souvenir de Georgette, c’est aussi se souvenir du grand poète, qui le mérite tellement en tout temps et en tout lieu, et qui nous a laissé, à nous ses contemporains, une empreinte si intime (ou si chère ?).
Georgette Marie Philippart était née à Paris le7 janvier 1908. Fille d’Alexandre Philippart, dessinateur de métier, et de Marie Travers, modéliste de vêtements. Sur son père, on ne peut rien ajouter, pas même s’il a abandonné sa famille ou la date de sa mort. Le fait est que dans ses témoignages écrits, lorsque Georgette parle de sa famille, elle ne dit jamais rien de son père, ni dans ses vers ni dans sa prose, à l’opposé de sa mère qu’elle nomme et qu’elle défend, et à qui elle dédie différents poème où se reflète une nostalgie filiale assez éloquente : « oh mère/ morte depuis longtemps déjà/ ta fille est triste oh mère/ et comme toi mère/ morte elle se voudrait. » Ou bien quand elle l’appelle : « ma petite Marie », ou l’implore : « je veux te revoir avec les yeux ouverts/je veux revoir tes yeux endormis ». Nous savons que Marie Travers mourut le 12 novembre 1928 et qu’elle fut enterrée dans le cimetière de Montrouge, dans la même tombe où le corps sans vie de César Vallejo fut transporté dix ans plus tard, dans cette tombe  où ils furent voisins pendant 32 ans jusqu’à ce que le 3 avril 1970, les restes du grand poète furent transférés par sa veuve au cimetière du Montparnasse, où ils reposent encore. Longue et ironique vie commune dans la morte entre belle-mère et gendre, qui se connurent à peine dans la vie, qui ne se seraient peut-être jamais supportés, puisqu’elle n’avait pas approuvé les relations naissantes de sa jeune fille avec cet étrange sud-américain de l’hôtel d’en face qui vivait avec une autre femme, à cette époque Henriette Maise. C’est ainsi que tout arriva, car au printemps 1926, Vallejo avait emménagé avec sa maîtresse dans l’hôtel Richelieu, rue Molière, dans une chambre du quatrième étage qui était justement en face de l’appartement où vivaient Georgette et sa mère, de l’autre côté de la rue. La mère déjà âgée et la fille, une jolie jeune fille aux cheveux châtains et aux beaux yeux verts qui venait d’avoir 18 ans ; Vallejo en avait 34. On ne sait pas l’âge d’Henriette, on sait seulement qu’elle avait quelques années de plus que Georgette. Dans ces circonstances, Vallejo commence à s’intéresser à sa voisine, de fenêtre à fenêtre. « Nous nous sommes connus de curieuse manière, dira Georgette, un peu ridicule si vous voulez. Vous savez que les sud-américains font beaucoup de gestes en parlant. Et moi, je voyais dans la maison d’en face, contre la lumière tamisée d’un abat-jour rouge de très mauvais goût, des personnes qui discutaient en gesticulant. C’était l’hiver et les fenêtres étaient fermées, et moi, très émue, je dis à ma mère : - Les pauvres, les voisins d’en face sont sourds-muets. Arrive le printemps, un dimanche j’étais appuyée à la fenêtre et je les ai vu gesticuler comme d’habitude mais j’ai aussi entendu leur voix. – Maman ! le voisin d’en face parle ! C’est ainsi que les choses ont commencé. C’est pour ça que j’ai fait attention à lui. »3
Ainsi commencèrent les choses… et après la mort de la mère de Georgette, à peine un mois après, Vallejo traverse la rue et déménage chez elle pour vivre ensemble jusqu’à ce que la mort les sépare en 1938. La vie commune ne fut en rien facile à cause des incompatibilités du couple, leurs caractères différents, leurs idéologies si opposées (« Moi j’étais complètement anticommuniste » reconnut Georgette dans ses Notes), les changements de domicile, le manque de descendance, les difficultés économiques après avoir dilapidé l’héritage que Georgette avait reçu à la mort de sa mère, etc… Ils voyagèrent beaucoup : l’Espagne, l’U.R.S.S., l’Allemagne, la Tchécoslovaquie, l’Autriche, la Hongrie, l’Italie et la Côte d’Azur… et ce n’est pas la peine de demander ni de répondre d’où sortait l’argent. Vallejo mourut et Georgette est restée veuve pour toujours.  A partir de ce jour, elle intervint comme il était logique, et avec plus ou moins de chance, dans l’édition et dans la divulgation de l’œuvre de son époux, ce qui provoqua de nombreux affrontements avec des éditeurs et des « vallejianos » appliqués ! Et aussi avec la famille du poète, surtout à partir de l’année 1951 lorsqu’elle s’installa au Pérou. Comme le raconte le journaliste Jorge Donayre : « Par un matin tiède de mai 1951, une petite dame en béret, jupe violette et chemisier vert, avec une valise et quelques livres, descendit l’escalier du vapeur « Reine du Pacifique » (…). Georgette parla peu, mais tout ce qu’elle dit alors, elle le fit avec une douceur particulière, sans aucune ombre de pessimisme. »4
Depuis lors, elle vécut à Lima jusqu’à sa mort, le 5 décembre 1984, à l’âge de 76 ans. Ce furent 33 années d’une vie péruvienne compliquée qui engendrèrent des affrontements et des polémiques, pas toujours à cause des autres, car il est juste de reconnaître que Georgette, elle aussi, avait son caractère, parfois difficile, et elle a été tout à fait  responsable de certaines conduites exagérées et difficiles à comprendre. Mais ceci, au final, ne m’empêche pas de proclamer que la figure de Georgette doit être définitivement revendiquée, parce qu’en dépit de certaines réserves et de préjugés, elle fut une femme fondamentalement bénéfique dans la vie et dans la mort du grand César Vallejo. On dirait un paradoxe du destin qu’elle, la française, soit enterrée à Lima, et que lui, le péruvien, repose à Paris. Toujours ils seront étrangers dans la terre qui les a accueillis pour toujours. Et peut-être leurs esprits, si parfois ils se rencontrent, se font la même question que Nietzche fit à Lou Andréas Salomé lorsqu’ils se connurent : « De quelle étoile sommes-nous tombés pour nous rencontrer ? ».
Enfin, c’est une façon de parler.


1 Jesús Fernández Palacios : « Confidences sur un portrait et deux lettres » (Supplément littéraire du Journal Sur de Malaga (Espagne), 9 avril 1988)

2 Georgette Vallejo : « Notes biographiques sur César Vallejo » (tome 3 des Œuvres complètes de César Vallejo, 2e édition, Editorial Laia, Barcelone (Espagne), 1983)

3 Ernesto Gonzalez : « César Vallejo, visto por su viuda, Georgette Philippart » (Journal Le Nord de Castille, Burgos (Espagne), 20 avril 1978)

4 Jorge Donayre : « Ainsi était César Vallejo » (Revue Suceso, Lima (Pérou), 21 avril 1968)

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